El acto



-¡La vieja sin dientes, la vieja sin dientes!- gritábamos con mi hermana cada vez que llegaba la noche en la casa de la abuela. Después de haber estado todo el día cuidándonos, buscando formas de divertirnos, aun así nos hacía “la vieja sin dientes” con gusto. Si estaba cansada, nosotras no nos enterábamos. Esa era la Poro, una abu/mamá. Era muy coqueta. Había salido reina dos años consecutivos del Club de Abuelos Otoño Feliz, comunidad que en ese tiempo la mantuvo alegre y activa. Pero toda su elegancia y estilo quedaban sepultados en el momento de su performance, y a ella no podía importarle menos, o al menos a nosotras nos parecía así.


-Suban, suban y esperen que ya va- ese era el comando que nos indicaba que se venía lo bueno. Automáticamente mi hermana y yo nos mirábamos riéndonos de manera cómplice, cubriendo nuestras bocas con las manos, como si intentáramos que la felicidad no se nos escapara, que no haga ruido, que se mantenga en un secreto entre nosotras.

¡Subíamos esas escaleras volando! 11 escalones en menos de un segundo. Corríamos directo hasta su habitación donde saltábamos de un clavado a la cama. Nos cubríamos completas con la sábana, justo hasta llegar a los ojos. Ahí esperábamos en la oscuridad, protegidas por una coraza de tela floreada que nos separaba de la vieja sin dientes. Sentíamos como la excitación y el miedo estallaban y chocaban entre si adentro de nuestros cuerpos, haciendo que no podamos quedarnos quietas. Afuera sólo había silencio. Nuestros ojos permanecían clavados a la puerta mientras el calor de nuestros alientos chocando con la tela nos empañaba la cara. Cualquier mínimo sonido nos hacía alcanzar un punto de ebullición sostenido que desencadenaba latidos tan intensos que resonaban en todo el cuerpo.

Finalmente se escuchaban movimientos cerca. La Poro se preparaba en el otro cuarto para su tan esperado acto. En el momento en el que veíamos su sombra en la pared, el miedo llegaba a ser tan intenso que quebraba los límites de la razón y la lógica, llevándonos a creer que esa persona que atravesaría la puerta no sería la abuela si no una bruja que venía a estirarnos de las patas y a llevarnos lejos.

-¿Dónde están esas nenas?- se escuchaba una voz carrasposa y temblorosa. La habitación se llenaba de gritos cuando la veíamos. Una mancha negra se movía lentamente sosteniendo una vela frente a su cara, que parecía transformarse segundo a segundo dependiendo de cómo la luz entraba en sus arrugas. Sus pelos despeinados en picos, libres de los ruleros, formaban monstruos en el techo y en las paredes, acompañando su caminar hacia la cama. La cresta del pánico llegaba cuando se reía, porque era cuando desconocíamos a esa abuela coqueta que en cuestión de segundos se transformaba en una vieja sin dientes. Sin la dentadura su boca se convertía en una cueva oscura, dándole a toda su cara un aspecto de terror.

Los gritos agudos mezclados con risas nerviosas se intensificaban cuando empezábamos a sentir cómo la sábana se deslizaba hacia abajo. Una lucha de fuerzas comenzaba entre patadas voladoras, cosquillas y espasmos. La vieja sin dientes terminaba ganando, o la dejábamos ganar. Entre tanto ruido, emoción y movimiento podíamos escuchar que la abuela también se reía. Ese era el momento de las tres. Ese era el broche de oro de nuestros días con ella, el clímax de la felicidad a nuestros 4 y 7 años.

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