-¡La vieja sin dientes, la vieja sin dientes!- gritábamos con mi hermana cada vez que llegaba la noche en la casa de la abuela. Después de haber estado todo el día cuidándonos, buscando formas de divertirnos, aun así nos hacía “la vieja sin dientes” con gusto. Si estaba cansada, nosotras no nos enterábamos. Esa era la Poro, una abu/mamá. Era muy coqueta. Había salido reina dos años consecutivos del Club de Abuelos Otoño Feliz, comunidad que en ese tiempo la mantuvo alegre y activa. Pero toda su elegancia y estilo quedaban sepultados en el momento de su performance, y a ella no podía importarle menos, o al menos a nosotras nos parecía así. -Suban, suban y esperen que ya va- ese era el comando que nos indicaba que se venía lo bueno. Automáticamente mi hermana y yo nos mirábamos riéndonos de manera cómplice, cubriendo nuestras bocas con las manos, como si intentáramos que la felicidad no se nos escapara, que no haga ruido, que se mantenga en un secreto entre nosotras. ¡Subíam...