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El acto

-¡La vieja sin dientes, la vieja sin dientes!- gritábamos con mi hermana cada vez que llegaba la noche en la casa de la abuela. Después de haber estado todo el día cuidándonos, buscando formas de divertirnos, aun así nos hacía “la vieja sin dientes” con gusto. Si estaba cansada, nosotras no nos enterábamos. Esa era la Poro, una abu/mamá.  Era muy coqueta. Había salido reina dos años consecutivos del Club de Abuelos Otoño Feliz, comunidad que en ese tiempo la mantuvo alegre y activa. Pero toda su elegancia y estilo quedaban sepultados en el momento de su performance, y a ella no podía importarle menos, o al menos a nosotras nos parecía así. -Suban, suban y esperen que ya va- ese era el comando que nos indicaba que se venía lo bueno. Automáticamente mi hermana y yo nos mirábamos riéndonos de manera cómplice, cubriendo nuestras bocas con las manos, como si intentáramos que la felicidad no se nos escapara, que no haga ruido, que se mantenga en un secreto entre nosotras. ¡Subíam...

Hoy

Hoy no tuve ganas, y no dejé que la culpa me aceche. Hoy me planté, y le dije no a mi cerebro. Hoy mi cuerpo habla y tiene más peso en esta lucha interna. Hoy la exigencia autoimpuesta queda relegada.  

El adiós

El giro de la llave se sintió incómodo. Benjamín tuvo que empujar   la puerta de entrada, que se resistía a abrirse ante una pila de hojas y sobres. Al dar su primer paso dentro de la casa, sintió la ausencia, sintió que en la mezcla de olores que caracterizaban y paseaban comúnmente por el lugar, faltaba uno, para él el olor más sincero. Sintió una mano que se apoyaba en su hombro buscando darle ánimo y empuje para avanzar hacia adentro. Se había quedado tieso en la entrada, como una barrera que separaba lo que había perdido en el hospital y la realidad diaria que lo aguardaba en ese nuevo hogar. Su papá más que nadie lo entendía, la pérdida era de los dos. Entró con él guiándolo del hombro hasta el living, como si fuese la primera vez que entraba a ese lugar. Colocó los bolsos en el sillón y se dirigió a abrir las cortinas y ventanas intentando darle vida y aire a esa casa. Benjamín lo miraba, esperaba que alguien le diga cuál era el próximo paso, cómo se seguía. Per...

La espera

Matías se miró las zapatillas una vez más. Seguían sucias. Pensó en esa última vez que las usó, el recital de Pearl Jam bajo la lluvia. Miró el reloj en la pared que tenía en frente, empezó a seguir el segundero, convenciéndose de que así de rápido pasaba el tiempo. A la segunda vuelta se rindió, ya no le pareció divertido. Se acomodó mejor en la silla, entregándose a la espera. Era la segunda vez que Arturo se tragaba una de sus medias. Ya conocía el procedimiento de lavado de estómago y todo lo que venía después: pasearse por la casa cuidando dónde pisar y limpiando bilis con papel del rollo de cocina. La segunda vez en 4 años, lo consideraba un buen promedio y se sentía orgulloso. Hay que estar 4 años pendiente de no dejar las medias en el piso o sobresaliendo de los cajones. Estas eran una adicción para el basset que parecía confundirlas con sus orejas. Se inclinó hacia un costado para sacar el celular de su bolsillo derecho. Encendió la pantalla y sólo se encontró con...

Autómata

Se gastó la yema deslizándola por la pantalla. Se endureció la capacidad de sentir.  Arriba y abajo. Todo el día. Arriba y abajo. Viendo sin ver. Queriendo sin querer. 

En línea

Estás en línea. Para mi en espera. En espera a que decidas entrar a mi chat. En espera a que elijas las palabras que quiero leer. En espera de un Escribiendo... Seguís en línea. Yo sigo en espera. Y mientras espero me pregunto: ¿Quién te tendrá en espera a vos?