El adiós


El giro de la llave se sintió incómodo. Benjamín tuvo que empujar  la puerta de entrada, que se resistía a abrirse ante una pila de hojas y sobres. Al dar su primer paso dentro de la casa, sintió la ausencia, sintió que en la mezcla de olores que caracterizaban y paseaban comúnmente por el lugar, faltaba uno, para él el olor más sincero.

Sintió una mano que se apoyaba en su hombro buscando darle ánimo y empuje para avanzar hacia adentro. Se había quedado tieso en la entrada, como una barrera que separaba lo que había perdido en el hospital y la realidad diaria que lo aguardaba en ese nuevo hogar.

Su papá más que nadie lo entendía, la pérdida era de los dos. Entró con él guiándolo del hombro hasta el living, como si fuese la primera vez que entraba a ese lugar. Colocó los bolsos en el sillón y se dirigió a abrir las cortinas y ventanas intentando darle vida y aire a esa casa.

Benjamín lo miraba, esperaba que alguien le diga cuál era el próximo paso, cómo se seguía. Perdido en las partículas de polvo que se dejaban descubrir por los rayos de luz, escuchó la voz de su mamá. -Voy a llamar a la chica que venga a limpiar la casa, esto es un desastre. Giró a verla, para descubrir esa persona que desconocía ya desde hace tiempo. Veía como agarraba los bolsos con ropa del sillón y los tiraba al piso preocupada por el tapizado. Sintió la necesidad de decirle algo, pero necesitaba fuerza para eso, y no la tenía. No tenía fuerza para acercarse siquiera a las escaleras y subir a su cuarto. Se imaginaba parado ahí todo el día, en el medio de la sala, viendo como su mamá subía y bajaba como si nada, como si estuviese sola en la casa que dejaron atrás.

Los portarretratos de la cómoda que tenía delante exponían imágenes que eran de otra vida, de su papá y su tía cuando ella todavía reía. Una vida que no alcanzó a vivir. Se imaginaba que sería mejor pasar esa primera noche ahí parado que en su habitación. ¿Cómo estaría ahora? Esa noche fue todo tan rápido que ni se acordaba haberse vestido. Sabía que estaba soñando y que algo lo despertó, algo hizo que abriera los ojos y saliera de su pieza. ¿Podría volver a soñar? O peor aún, ¿podría volver a dormir? Ya tenía 16 años, su papá no lo iba a dejar dormir con él. Y tampoco quería eso, estar en medio de esa guerra fría que llevaba años, y no le costaba simpatizar por una de las partes, pero aun así le dolía.

Vio que su papá subía las escaleras y juntó coraje para acompañarlo, esa era su oportunidad, que algo más fuerte lo arrastre. Lo siguió, arrepintiéndose paso a paso de su decisión. Subieron los 11 escalones hasta el descanso, ambos se detuvieron por unos segundos, continuaron con los otros 9.  El piso de arriba estaba desierto y frío. La luz del sol no se rendía y entraba por el balcón luchando por entibiar la casa.  Ahí estaba, el pasillo que llevaba a las habitaciones. Benjamín notó que su papá bajó la cabeza, resguardándola entre las manos. En ese momento sus sollozos se hicieron compañía. Apoyó su cabeza en el hombro de su papá. Se acordó de las veces que pensó en este momento. Sabía que ocurriría, su papá siempre lo había mantenido al tanto “vos sos el guardián de la tía” “a la tía le hace bien tenerte cerca” , eran cosas que quizás le decía para no sentirse solo en la lucha por salvar a su hermana, pero Benjamín realmente lo creía así.

Hacia la mano derecha del pasillo estaba la habitación de sus padres, un poco más excluida del resto de la casa. Había que pasar primero por un espacio que oficiaba de antesala, en un extremo se veía un dresuar con fotos de la familia o de las personas que vivían en la casa, una alfombra de pelo de alpaca que su madre trajo de uno de sus últimos viajes y llegando al otro extremo, una butaca de terciopelo, un territorio que Benjamín conocía mucho. Había veces que se pasaba minutos sentado en la butaca, convenciéndose así mismo que tenía que entrar a la habitación y saludar a su mamá. Sin embargo la noche que cambió todo atravesó ese lugar como un rayo, encandilando la habitación.

Del lado izquierdo del pasillo se encontraba el territorio de los refugiados, personas que estaban en ese lugar por lástima de sus opresores y porque no tenían una mejor opción. Primero estaba el cuarto de Benjamín, luego el cuarto que ya no tenía dueña y al final el baño que ambos compartían. Vió que desde el cuarto vacío salía una remera blanca, tirada en el piso, dando la vuelta al marco para salir. Se le erizó la piel. Reconoció al instante esa remera, la de Mickey agujereada en el cuello, esa que siempre tenía con ella.

Su papá lo sacó del recuerdo al moverse hacía la habitación. Se apresuró para alcanzarlo. Al pasar por su cuarto pudo ver las sábanas en el piso, como si se estuviesen desprendiendo de la cama y se arrastrasen queriendo escapar. Empezó a sentir su corazón, y lo sintió aún más cuando siguieron hacia la próxima habitación. Su papá se detuvo en el marco de la puerta, Benjamín podía ver su cara de costado, su piel parecía corrugada por las lágrimas que ya le estaban formando surcos.

Se adentró un poco más hasta alcanzar la luz, la encendió. Benjamín cerró fuerte los ojos, hasta llegar a las manchas blancas y el mareo. Escuchaba los pasos de su papá ya dentro de la habitación. Se agarró al marco de la puerta abriendo los ojos con desesperación, hasta donde pudo, como si estuviese bajo el agua aguantando la respiración.

Su papá estaba sentado en la cama desordenada, con los codos hundidos en las piernas. En sus manos sostenía la remera de Mickey.
Benjamín solía pasar mucho tiempo en ese cuarto, en los días buenos de su tía, pero nunca se había detenido a observarlo. No tenía mucho, las repisas estaban prácticamente vacías, a no ser por dos o tres fotos de él y su papá apoyadas sobre la pared. Había mucha ropa en el suelo. Y al costado de su papá, sobre la cama, una remera, atada a otra y a otra que se aferraba victoriosa al respaldo de la cama.

Se desesperó al tratar de entender el sufrimiento que la llevó a no detenerse cuando sentía que se iba. Cómo no se despidió de él, sabía que no lo hubiese entendido y hubiese hecho algo para impedirlo, pero aun así esperaba algo, una última charla en la madrugada, una última historia de cómo era y las cosas que hacía cuando todavía era feliz, algo. Pero nada, lo dejó solo en esa casa. No pudo evitar pensar en la solapada victoria de su mamá y en la infelicidad de su papá.

Mirando la pared detrás de su papá, reconoció sus dibujos pegados, eran muchos. Cosas que él no recordaba haber hecho, garabatos. Su tía los había guardado todos. Pensó que cuatro días atrás, que fue la última vez que pudo entrar a verla, esos dibujos no estaban. Se sentó al lado de su papá, puso su mano en su rodilla y con un poco de culpa se sintió bien sabiendo que esa fue su forma de despedirse de él.




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