La espera




Matías se miró las zapatillas una vez más. Seguían sucias. Pensó en esa última vez que las usó, el recital de Pearl Jam bajo la lluvia. Miró el reloj en la pared que tenía en frente, empezó a seguir el segundero, convenciéndose de que así de rápido pasaba el tiempo. A la segunda vuelta se rindió, ya no le pareció divertido. Se acomodó mejor en la silla, entregándose a la espera. Era la segunda vez que Arturo se tragaba una de sus medias. Ya conocía el procedimiento de lavado de estómago y todo lo que venía después: pasearse por la casa cuidando dónde pisar y limpiando bilis con papel del rollo de cocina. La segunda vez en 4 años, lo consideraba un buen promedio y se sentía orgulloso. Hay que estar 4 años pendiente de no dejar las medias en el piso o sobresaliendo de los cajones. Estas eran una adicción para el basset que parecía confundirlas con sus orejas.

Se inclinó hacia un costado para sacar el celular de su bolsillo derecho. Encendió la pantalla y sólo se encontró con la hora que ya conocía. Lo dio vuelta poniéndolo en su pierna llevándolo hasta la rodilla, acompañándolo con sus dos manos que se secaban el sudor sobre la dureza del jean. Le molestaba esperar, pero a la vez quería que esa espera nunca termine, no quería ver girar el picaporte de la puerta y escuchar al veterinario decir: “Todo un campeón Arturo, salió todo bien”, no quería caminar esas 5 cuadras hasta su casa y ver desde la esquina el balcón vacío de ropa. Volvió a mirar el reloj, nada había cambiado. -Tranquilo que el doctor es un genio- le dijo la secretaria detrás del escritorio metálico y de una sonrisa más que amigable. Matías giró la cabeza buscando esa voz. La encontró sonriendo. Él le devolvió la sonrisa, sólo por amabilidad. Volvió a mirar el reloj. Ella insistió -¿Una media no?, todo el tiempo tenemos casos así. Él se rindió por segunda vez desde que estaba ahí. –Sí, una media. Ella siguió -Ya debe faltar poco, creeme que el doctor la tiene clara- él intentó esbozar una sonrisa, solo consiguió una mueca de mala gana. Ella lo notó y fue quien se rindió en ese round. Matías se sintió triunfador.

Metió la mano en su bolsillo derecho y sacó las llaves de su casa, ahora más que nunca iba a ser solo su casa, y la de Arturo. Ahora iban a poder estar tirados en el sillón todo el domingo sin que nadie los moleste para hacer algo y disfrutar del día ¿no se daba cuenta que ellos estaban bien así? Ahora él se daba cuenta que no quería que eso se terminara. Juntó fuerzas para hacerle frente al tiempo y se paró. Quizás todavía podía impedir que se fuera. Guardó las llaves y el celular justo cuando el abrir de la puerta interrumpió su plan de dejar a Arturo y volver por él más tarde.  

La confianza de la sonrisa que se apoderaba de la cara del doctor era una buena señal, lo escuchó hablar y hablar y solo se limitó a asentir y de vez en cuando simular una sonrisa. Matías notó que el monólogo tenía para rato, y el tópico ya no era ni él ni su perro. En el medio de la historia donde pavoneaba sus cualidades como veterinario, Matías vio a Arturo en el fondo, se compadeció por él, “media hora escuchando hablar a este tipo con esas orejas”. Matías lo interrumpió mientras caminaba hacia su perro –Gracias doc, me lo llevo y no más medias” Lo levantó de la camilla y lo llevó en sus brazos. Luchando con el peso de Arturo logró pasarle la mano al doctor para cerrar ese momento y correr a su casa.

Cruzó miradas de despedida con la secretaria, los ánimos de sonreír ya no estaban. Podía bajar a Arturo y que camine tranquilo, pero prefirió tener algo a que aferrarse cuando doblase la esquina. Caminó con los brazos traspirados y llenos de pelos. Esperaba llegar a tiempo, a metros de la esquina se detuvo. Por favor que no se haya ido, por favor que no se haya ido, dijo en voz alta cerrando los ojos.

Siguió avanzando y al doblar apretó fuerte uno de los tantos rollos de Arturo. Al verla fumando en el balcón se prometió a si mismo no volver a rendirse.


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