Amor en cuarentena
Se encontraron ahí. A través de esas ventanas de 2x1,5 que servían de ventilación de sus cocinas.
Todo comenzó muy casual, con encuentros desprolijos sin intenciones ocultas. Manchones en movimiento, hombros yendo y viniendo, manos trabajando sobre la mesada, ruidos de platos y cubiertos chocándose entre sí y el rechinar quejoso de las puertas de sus respectivos hornos.
Empezaron a notarse por horarios compartidos. Al parecer para ambos el desayuno era algo que no se negociaba por trasnochadas, mañanas nubladas o el cansancio acumulado de no hacer nada. 8 a.m. Lucas y Stefi se encontraban en la cocina. Miradas de reojo comenzaron a transformarse en miradas sostenidas y comisuras de complicidad.
El tránsito y la actividad de esa habitación se volvieron cada vez más intensos. Café y tostadas de parados, platos de fideos en mano, lavarropas y mesadas haciendo de apoya vasos. Todas las comidas se hacían en la cocina. Si era algo que requería usar un cuchillo para cortar, se hacía antes. Parados frente a frente pero distanciados, vivían esos momentos entre gestos, señas y brindis con tazas de café y vasos de agua. Ambos tenían otros ambientes por disfrutar pero aquel era el elegido, en ese se sentían acompañados.
El pulmón de manzana que había entre ellos se hizo pequeño y respiró promesas de encuentro sujetas al fin del aislamiento.
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