La noche
Bailaba. Sola. Poseída por el ritmo. Como si nadie la estuviese mirando. Sus largos mechones de pelo negro se entrelazaban entre sus escuálidos brazos y sus manos que parecían garras, encontrándose intermitentemente cada vez que el estribillo llevaba su baile al clímax.
Ojos cerrados, dejándose guiar por sus oídos, los encargados de transmitir una corriente eléctrica de excitación a todo el cuerpo. Piel erizada. Pies hinchados. Gotas de sudor cansadas.
Perdida entre versos que hablaban de un corazón roto en recuperación. Palabras cantadas para ser arrancadas de las tripas. Las luces encendían su cuerpo, impactando en él en ángulos distintos cada vez, generando un caleidoscopio humano.
Se negaba a abrir los ojos. El fin de cada canción significaba una agonía. Cada palabra final la acercaba un poco más a su realidad, que estaba ahí. Atenta, esperándola al otro lado de la puerta del bar. Lista para estrujarla entre sus brazos hasta hacerle quebrar los huesos. Soltándola luego sólo para empujarla y que siga andando.
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